Los hipopótamos son una de las pocas especies de la naturaleza que cometen infanticidio. Como los leones, o los gorilas, estas enormes bestias de miles de kilos persiguen, atrapan y atacan hasta matar a pequeñas crías, a las que multiplican varias veces en tamaño.
No es algo que suceda siempre. De hecho, hay muy pocos sucesos de este tipo que hayan sido documentados. Se supone que es un evento infrecuente.
El espectáculo es tan asombroso como impactante. En la tranquilidad de un pantano en medio de la sabana africana, un pequeño hipopótamo se separa de su madre un instante, sin percibir el peligro. De repente, las aguas se agitan hasta hacer emerger una gigantesca cabeza y una boca que muerde al pequeño cuerpo. La cría ni siquiera puede oponer resistencia.
En unos pocos segundos, la enorme bestia deja el cuerpo sin vida, que cae hasta el lecho, con las heridad abiertas y el pavor en los ojos. La madre, que fue testigo directa del ataque, se acerca al pequeño e intenta moverlo con su hocico. No se resigna a que su cría haya muerto. Y se queda a su lado. A las pocas horas, el hambre es más fuerte, y lo abandona.
Los que estudian este tipo de comportamientos no terminan de ponerse de acuerdo sobre por qué los hipopótamos, cada tanto, matan a un pequeño. Algunos aseguran que cuando un macho adulto intenta conquistar una manada, dar muerte a las crías ajenas es una manera de demostrar autoridad y poder. Otra teoría postula que el infanticidio es una mecanismo habitual para lograr que las hembras entren en su período de celo más rápidamente.
Finalmente, hay biólogos que aseguran que estos episodios no pueden explicarse por ninguna cuestión de supervivencia ni de beneficio. Y que los hipopótamos simplemente matan “porque sí”.
(*) de un saque, después de ver un documental en Animal Planet
